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Pensemos en una gran masa de hielo que flota a la deriva en el mar, de la que solo vemos la octava parte de su volumen, que es lo que sobresale del agua. El resto está escondido debajo de la superficie. Las dos partes, la emergida y la sumergida, forman un mismo iceberg, pero no son iguales.
La imagen del iceberg nos sirve para explicar la relación que existe entre el consciente y el inconsciente cerebral.
La consciencia es lo visible, es un estado cognitivo no-abstracto que nos permite interpretar e interactuar con los estímulos externos que forman la realidad. Nos comportamos de manera consciente cuando sentimos, pensamos y actuamos con conocimiento de lo que hacemos.
El inconsciente, en contraposición, es la enorme masa escondida, igual que el hielo sumergido del iceberg. Actúa sobre nuestras decisiones conscientes de forma automática e irreflexiva y no mide las consecuencias ni el riesgo que implican esos actos. El inconsciente no valora las experiencias, solo cumple con lo que tiene grabado en sus programas mentales, aunque las consecuencias sean nefastas para nosotros. Es la actividad consciente la que califica las experiencias como felices o infelices, no la inconsciente, que actúa casi de manera automática según la información de sus programas.
El inconsciente cerebral modela tu identidad con esa información que tiene guardada desde el día en que naciste, con lo que sabés, lo que creés, lo que querés y lo que podés o no podés ser. Lo que está programado en tu inconsciente cerebral busca expresarse y hacerse realidad en tu vida. Aun esas decisiones que tomás de manera consciente y, aparentemente, libre están condicionadas por lo que cree tu inconsciente cerebral, por ese conjunto de programas donde se almacenan ordenadamente tu visión y sentimientos sobre tu propia vida y lo que te rodea. La función de ese inconsciente cerebral es que la información que tiene grabada prevalezca sobre cualquier otra visión del mundo. El inconsciente cerebral filtra los estímulos externos y nos hace ver la realidad a su imagen y semejanza, de manera cíclica.
El ciclo funciona de esta forma: deseás algo y tu inconsciente cree que es imposible porque desafía la información que tiene grabada. En conclusión, no vas a prestarle atención a ese deseo ni a poner en él toda tu energía. Tampoco vas a encontrar los recursos adecuados porque el inconsciente filtrará la información que te rodea. El resultado será el fracaso y la confirmación de la creencia original: que tu deseo era imposible.
La buena noticia es que la información contenida en el inconsciente se puede programar para que coincida con la nueva identidad que querés asumir.
El Método epep para el logro de metas consiste precisamente en eso: en enseñarte a reprogramar tu inconsciente cerebral para que el cambio de identidad te permita alcanzar el éxito en cualquiera de tus roles.
Conscientemente, vas a enunciar tu deseo, a convertirlo en tu foco de atención y, luego, en tu propósito. Lo que sigue es que programes tu inconsciente para romper el círculo no virtuoso del fracaso, que grabes otra información en el código de tus programas mentales para que tu consciente busque recursos distintos a los de antes, más eficientes y alineados con tu nueva identidad. Una vez que aprendas a hacerlo, tu inconsciente trabajará a favor de tus deseos de forma automática. Tan simple como suena.